Sombra de un Jinete

Prólogo

Criado sin el amor de una madre, Sez vivía de forma nómada, siempre vigilado y protegido por la voz mental de su padre, un respetado Jinete de Dragón.

Su padre estaba atado al juramento del ejército de élite, y no podía criar a un hijo como todo padre quisiera. Ya corrían rumores de que las ausencias de Morzan eran debidas a algún que otro desliz con mujeres, e incluso que podría tener un hijo. Él no iba a permitir que descubriesen a Sez y lo inmiscuyesen en los asuntos de los Jinetes. De esa manera podría llegar a convertirse en uno de ellos, cierto, pero quizás eso no era lo más conveniente en aquellos tiempos.

Sez, tan pronto tuvo edad para caminar, comenzó a aprender a cuidarse solo. La vida era dura con el, muy dura. Debía trabajar para poder comer, muchas veces dormir en lugares fríos y peligrosos, y aprender a no dejar que gente con más experiencia en la vida se aprovechara de el. Pero siempre conseguía salir adelante, gracias al cariño de su padre.

Se veían muy pocas veces, pero cuando lo hacían, Sez era capaz de pasarse muchas horas escuchando hablar a su padre, y también a su dragón, cuya majestuosidad lo fascinaba.

Pero entonces sucedió algo que muchos se esperaban, los traidores se alzaron, guerras estallaron, la era de los trece apóstatas había comenzado. Los Jinetes hicieron todo lo posible, pero se perdió toda esperanza cuando Vrael, su líder, fue asesinado por Galbatorix.

Sez vio a su padre malherido, sentado en una roca en el bosque, con una mirada desolada.

-Padre!-gritó Sez.

El dragón de su padre había sido asesinado y él se encontraba herido de gravedad.

-Yo cuidaré de ti, al igual que tú has cuidado de mí.

Esas fueron las palabras de Sez que lo empezaron a convencer de que sería capaz de conseguir cualquier cosa que se propusiese. Y entonces, las cosas cambiaron. Ahora Sez, era quien tenía las riendas de su única familia, su padre. Trabajó, trabajó y trabajó. E igual que su padre le sacaba adelante a él, el sacaba adelante a su padre. Y en el exilio, su padre comenzó a adiestrarlo en las artes de los Jinetes de Dragón. Esos fueron los años más felices de Sez.

El joven se exigía mucho, quizás demasiado, y muchas veces desobedecía a su padre para ver siempre más allá, y siempre en más direcciones de la indicada, de ahí sus rápidos avances. Sez era pícaro y rebelde y su padre le reñía a menudo, le decía que las cosas debían hacerse de una determinada manera, pero, en el fondo, sabía que no era así, y le gustaba que Sez, a veces, hiciera las cosas a su forma, y era entonces, en esos momentos, cuando notaba que su hijo llegaría muy alto.

Su padre estaba orgulloso de su hijo, y se maldecía por haber estado tan ciego y no haberse fijado en su potencial, y también se maldijo por no haberle podido dar una infancia mejor, y aún otra vez más, porque no hubiese una madre en aquello que, ahora, sí podía pasar por una familia.

Años después, viejas heridas de guerra que estaban dormidas, despertaron, y su padre cayó gravemente enfermo.

-Padre, tu has sido mi padre, mi madre y mi maestro, y te agradezco todo lo que has hecho por mí.

-Yo también he aprendido de ti. Te pido perdón por todo lo que te he hecho pasar, y te estoy agradecido por como te has comportado. Has sido el peor alumno…

Sez sonrió.

-…Pero el mejor hijo.

-Gracias, padre.

Su padre había notado aquel brillo especial en sus ojos verdes desde que había caído enfermo. Desde entonces se habían acabado los entrenamientos porque no le quedaban fuerzas y pasaban absolutamente todo el tiempo hablando de multitud de cosas.

-Padre, he tomado una decisión…

-Lo sé.

-Los Jinetes lo sabéis todo.

-Hijo mío, a ti para ser Jinete únicamente te falta un dragón…

-Agradezco tus elogios…

-Sé lo que pretendes, y sé que no cambiarás de idea…

Sez miró a los ojos a su padre, y este volvió a decir:

-Ya sabes que destino te espera…

-Mi mente no perecerá…

-Nunca nadie lo ha hecho así… nunca.

Sez bajó la cabeza.

-Aunque tú siempre sueles hacer las cosas de otra manera.

Su padre sonrió y todas sus arrugas se marcaron.

-Después de mi decisión, comprendo que no quieras darme tu bendición…

-No solo te voy a dar mi bendición sino también esto.

Su padre sacó un objetó alargado.

Sez lo miró sorprendido y boquiabierto.

-Sería una… blasfemia que empuñase la espada de un Jinete.

-No! no solo es la espada de un Jinete, es la espada de tu padre, y te pido que la empuñes y la uses con honor!

Y Sez obtuvo la espada de su padre, la espada de un Jinete, de filo dorado, dorado como lo eran las escamas de su dragón.

Su padre bendijo a Sez en su lecho de muerte.

-Padre, me ves capaz de hacerlo?

-Te veo capaz de hacer cualquier cosa que te propongas.

Y esas fueron las palabras que lo terminaron de convencer.

-Yo he cuidado de ti, después tú has cuidado de mi, ahora, me vuelve a tocar cuidar de ti, porque, yo, hijo mío, siempre estaré ahí, cuidando de ti.

Y volvió a añadir en su último aliento:

-sniv monk, du snáider.

Sez le agarró fuertemente las manos y le dijo entre lágrimas:

-Qué..significa esa última palabra.. padre..

-hijo mío, el indominable…

Y su padre se murió.

*      *      *

Hizo todos los preparativos tal como le había oído contar a su padre una vez. La medianoche se acercaba, y lo hoguera en el claro del bosque ya tenía la altura de dos hombres. Espolvoreó una serie de sustancias sobre la hoguera, cuyas llamas bailaban en la noche como dos bailarinas elfas en pleno Agaetí Bloodram.

Su padre le había contado en una ocasión que había pocas formas de llegar a tener un gran dominio de la magia. Una de ellas era siendo un Jinete, pero no era posible en aquellos tiempos; aún quedaban huevos de dragón, pero estaban en manos de Galbatorix. ¿Había alguna otra forma de tener tanto poder como un Jinete, sin serlo? sí que la había…

Agarró una daga y la apretó con fuerza contra el pecho. Respiró hondo, planteándose su decisión y recordando las palabras de su padre, y se dispuso a conseguir hacer algo que se había propuesto. Sez comenzó la invocación.

Sus palabras en el idioma antiguo desgarraban la noche. El aire se empezó a agitar y su voz cobró un tono fantasmagórico. Unas nuevas presencias irrumpieron en el lugar. Sez empezó a oír voces en su cabeza, los espíritus habían acudido a su llamada.

Una de esas presencias penetró con fuerza en él. Sez soltó un potente grito. Y otro ente más entró, y luego otro. Ante la poca resistencia que el joven imponía, los seres del más allá no dudaban al entrar en su cuerpo y dominar su mente. No paraban de entrar, como flechas que atacan a un enemigo. Sez se calló por un momento, y los espíritus dejaron de penetrar. Se concentró muy hondo, ignorando las voces de las presencias y recordando la de su padre. Separó las piernas y flexionó los brazos, con la daga preparada por si las cosas no salían como las había planeado. Un grito agudísimo, de ultratumba, salió del interior de Sez. Los espíritus estaban gritando. Gritaban… y tenían miedo. Miedo porque esta vez las tornas habían cambiado. La resistencia de Sez era enorme; tan grande, que llegaba a dominarlas. Ahora los entes luchaban por salir de su cuerpo, gritaban y se empujaban por abandonar aquello que no sería su títere, sino su prisión. Pero Sez siguió concentrado, y una sonrisa de satisfacción afloró de sus labios. Dejó caer la daga en la hierba, no la necesitaría. Cerró los puños y soltó un potente grito para poner en orden todo su poder. Su pelo creció y cambio, antes castaño como la corteza, ahora rojo como la sangre se le posaba sobre sus hombros. Sus músculos se marcaron y su cara se volvió pálida, blancuzca como si estuviese alumbrada permanentemente por la luz lunar. Y sus ojos intentaron cambiar a rojizos, pero no lo consiguieron, su potente verde esmeralda no lo permitió y brilló más que nunca sometiendo al granate y demostrando con fuerza que el seguía allí. Ahora era Sez Snáider!

Sez dejó de gritar y se dobló para recuperar aliento. El ritual había terminado.

Sez se incorporó y miró sus manos confuso, todo su cuerpo había cambiado. Lo que le sorprendió en primera instancia, fue su potente vista, a pesar de ser plena noche, vislumbraba cada detalle como si el sol estuviese en lo más alto del cielo. Y también su mente, ahora mas abierta, más perceptiva, era capaz de presentir a todo ser vivo que se movía a su alrededor. "Esta es mi decisión, y ahora debo hacer las cosas lo mejor posible" pensó. Cogió la túnica de la rama de un árbol y se la puso. También cogió la espada de su padre y se la ató al cinto. Levantó su mano y con una facilidad increíble apagó la alta lengua de fuego con magia.

Se cubrió la cabeza con la capucha para que le tapase su ahora largo y rojizo pelo y se marchó. El Jinete sin Dragón se había convertido en el sombra sin mal. El sombra renegado.


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©C.P.L. Colabora: Diario dun piso de estudiantes