Sombra de un Jinete

Hazaña I:

Las afueras de El Bosque Guardián

-Por aquí!- gritó vigorosamente un campesino corpulento, alzando su horca- A los árboles!!

Un grupo de unos treinta rebeldes se abría paso torpemente entre los troncos.

-Aprisa, sólo un poco más!-Animó un joven que empuñaba una espada.

Una tropa de soldados del Imperio iba tras ellos, con las espadas desenvainadas y en alto, dispuestos a bajarlas en cuanto tuvieran la menor oportunidad.

-Ahora!!!-Rugió el fortachón hacia los árboles.

Su grito hizo vibrar el aire para dejar paso a quejidos arrancados de los soldados. Una nube de flechas salió despedida de entre las hojas hacia ellos.

-Usad los escudos!-Sonó una voz ronca proveniente del interior del casco de un sirviente del Imperio.

Las flechas abatían al escuadrón ferozmente, pero los soldados, con utensilios más apropiados para la batalla que los campesinos, las paraban hábilmente con sus escudos o sus armaduras las hacían desviarse.

Y con unas ballestas de mayor precisión y mayor potencia que los arcos hechos de vieja madera, comenzaron a atacar a sus oponentes. Los arqueros pueblerinos se precipitaban de las ramas en las que estaban apostados en un alarido infinito, que llegaba a su fin en el suelo del bosque.

-Ahora nos toca a nosotros...- Dijo en voz baja el joven de la espada, que estaba apoyado en un tronco, listo para atacar.

-Valor..Hermano.- respondió un hombre que agarraba el sudoroso mango de un hacha, un hacha que sólo había partido carne de animal desde que había sido construida.

-Valor..-respondió el de la espada respirando hondo.

-Valor..-Arrastró por última vez la palabra el hombre fuerte de la horca.

Y acto seguido pegó un bramido capaz de detener el tiempo. Al menos doscientos rebeldes salieron de tras los gruesos troncos y estallaron de euforia por el clamor de la batalla. Con cualquier herramienta capaz de herir por delante, se abalanzaron contra sus enemigos como un enjambre de abejas furioso al que le habían robado su miel.

El hombre grande, que parecía el líder de aquellos campesinos, se plantó valientemente delante de varios guerreros y agitó su horca con bravura. El hacha que antes aguardaba paciente ahora rajaba armaduras con rapidez y el joven de la espada mostraba grandes habilidades con su arma para ser un simple campesino. Más decenas de horcas que mantenían a raya a los soldados y a sus afiladas espadas.

Pero aquellos eran guerreros del Imperio, entrenados con disciplina y con un estricto orden en sus movimientos de ataque, cosa de la que los campesinos carecían. Los soldados arremetieron con toda su fuerza, y atacaron con ira y sin piedad a aquellos que a sus ojos no eran más que simples traidores, cuyo castigo era la muerte. El metal de sus espadas partía la madera de las horcas.

-Aguanta Rilan!-Le gritó el joven al hombre que empuñaba el hacha.

Un guerrero de complexión fuerte, que parecía ser el que daba las órdenes, lo tenía acorralado con su espada.

Unos metros cerca de allí, otro guerrero acababa de cortar brutalmente la cabeza de un campesino y después pateó su cuerpo sediento de nuevos adversarios. Y lo peor llegó en aquel momento. El mayor enemigo para la desmembranada multitud campesina comenzó a aflorar. El miedo.

-No desfallezcáis!!-Gritó el hombre de la horca- Vuestras mujeres e hijos están tras vosotros, sino os pasan, nunca llegarán a ellos!!!- Y acto seguido clavó su horca en el brazo de un guerrero.

El hombre del hacha luchaba con ahínco, contrarrestando las estocadas del fuerte guerrero. Otro soldado alto, armado con una lanza, se unió a su jefe para reducir al campesino indomable. Pero el desaliñado rebelde, utilizando una fuerza y una habilidad que él mismo desconocía en el, le plantó cara con fiereza. Rilan, el hombre del hacha, se hizo del tamaño de un oso y descargó su arma con todas sus fuerzas en un grito de libertad. Pero la espada del guerrero fue más rápida, y le rasgó profundamente el antebrazo. Las fuerzas del brazo derecho de Rilan fueron arrebatadas y no pudo seguir sosteniendo su hacha. Apretó su brazo contra su pecho para que dejara de chorrear sangre, y se tambaleó hacia atrás para alejarse de sus agresores. El hombre ahora lloraba como un crío invadido por el pánico.

-Acaba con el!-gritó el soldado con furia.

Al hombre de la lanza se le pudo atisbar un brillo de compasión en sus ojos antes de que hundiera su esbelta arma en el estómago del campesino.

-Rilan!!!-Gritó el chico de la espada a la vez que el horror y el espanto deformaban su rostro-Nooo!!! Rilan!!!

Y Rilan se desplomó sobre sus rodillas, se tambaleó y luego se precipito hacia atrás con los ojos mirando al vacío. Su cuerpo quedó inerte a los pies de alguien.

Sez se agachó y miró el rostro del hombre. Su ágil mente percibió como los pensamientos de aquel hombre desparecían para siempre.

-Tu muerte no habrá sido en vano. Ni la de ninguno de tu gente-Dijo en voz baja.

Pasó suavemente su pálida mano sobre su rostro y le cerró los ojos para que su cuerpo quedase en paz.

-Stydja unin mor'ranr
 Descansa en paz

Volvió añadir en voz aún más baja.

Sez alzó la vista y el verde de su mirada brilló de rabia en el interior de su oscura capucha ante la desigual reyerta que estaba teniendo lugar ante sus ojos. Los soldados, además de superar en número a los rebeldes, atacaban sin piedad con sus armas construidas para la batalla. Y Sez, decidió equilibrar la balanza.

-Gath un reisa du rakr.
 Que la niebla se espese y se alce

Susurró a la vez que se ponía de pie y acariciaba el aire con su mano abierta. Una niebla blanquecina se comenzó a formar poco a poco, hasta que nubló la visión de los combatientes de ambos bandos y ocultó a Sez entre ella. Se escuchó el acero de una espada al ser desenvainada. Su vista de sombra le permitía distinguir cada cosa en aquella marea de niebla, y su mente captaba con tremenda agilidad la de los demás.

-Bruma en plena tarde!-Gritó el campesino de la horca-Que magia es esta!!- y el miedo se apoderó de él también al barajar la posibilidad de un mago del Imperio.

Sez, una sombra entre la niebla a la vista de los humanos, se movía con gran agilidad. Los soldados solo veían un brillo dorado antes de caer al suelo abatidos. El sonido metálico de la espada que impacta con una armadura sonó infinitas veces en el bosque y los campesinos, tan confusos como los soldados, escudriñaban entre la niebla agarrando con fuerza sus horcas. Y entonces una voz potente sonó:

-Seguid luchando, campesinos, seguid luchando!!! Pues hoy el Destino os sonríe!!!

La niebla perdió densidad y los allí presentes consiguieron ver al hombre que les estaba ayudando. Joven, muy joven, pero con una agilidad y un dominio de la espada impresionantes. Una gran capa que ondeaba con sus movimientos y una capucha inamovible le ocultaban de los demás, pero no les cupo ninguna duda de que tenía que tratarse de un elfo.

-Luchad ahora más que nunca, hermanos!!!-Gritó el campesino fuerte para poner orden en aquella desconcertación.

Pero otro grito más potente casi solapó sus palabras:

-Ningún solo hombre nos puede derrotar! Por el Imperio!!! Y por el rey!!!-Y los soldados volvieron atacar encolerizados.

El hombre de la espada no podía con su alma, tenía sus defensas destrozadas por la pérdida de su compañero. Cayó al suelo. Una espada larga se alzó sobre su cuello y descendió con fuerza. Pero Sez llegó al lugar con velocidad e interpuso su hoja dorada. Se ensalzaron en una lucha de espadachines, pero el soldado no pudo ante tanta destreza. Sez le propinó una patada en el pecho que lo lanzó unos metros hacia atrás. Acto seguido propinó un codazo hacia atrás sin mirar siquiera, pues había percibido unos pensamientos malintencionados y perversos a sus espaldas. Un soldado se tambaleó confuso con su casco abollado tras el. Sez movió su columna hacia atrás para evitar que una lanza se le clavara entre las costillas y siguió agitando su espada para acabar con los soldados que lo rodeaban.

-Acabad con el!!!-Gritó el soldado líder-Le llevaremos su cabeza el rey!!!

Pero era imposible, Sez aniquilaba a aquellos guerreros sin cansarse, haciendo uso de su agilidad. Clavó su espada en el vientre de un enemigo y justo después descargó con fuerza la empuñadura de su arma contra la mandíbula del orgulloso jefe. El fuerte guerrero se tambaleó hacia atrás y con ira incontrolable se lanzó hacia Sez sacando una daga, mientras los demás lo atacaban. Sez percibió la ira terrible del guerrero jefe pero había demasiados contra el solo, demasiadas cosas a las que atender. Entonces el chico de la espada se levantó haciendo uso de unas fuerzas que creía muertas y se encaró con el soldado de la daga. Sez escrutó la mente del joven y descubrió unos pensamientos organizados, valientes y honrados, pero llenos de dolor por la pérdida. Miró a sus manos y descubrió que tenían algunas quemaduras y asperezas, y era el único que luchaba con espada, y lo hacía con habilidad, por lo que dedujo que era el herrero del pueblo. Pero supo que no aguantaría mucho. Sez lanzó un espadazo fuerte para ganar espacio y vio por el rabillo del ojo como el fuerte guerrero lo desarmaba y lo sometía en el suelo. Sez juntó las manos delante del pecho, sin soltar la espada, y pronunció: "Thrysta vindr!". Más de media docena de soldados salieron despedidos por los aires y Sez pegó un saltó para ensalzarse en una nueva disputa con el guerrero fuerte que sometía al joven de la espada. Tras un mandoble hecho con habilidad y fuerza clavó su espada entre las costillas del soldado que los dirigía. El jefe de los soldados cayó muerto.

Los demás guerreros vacilaron por la pérdida de su líder pero pronto volvieron al ataque, aunque ahora con cierta inseguridad. Sez pensó rápido y actuó. Se concentró muy hondo para poder llegar a todas las mentes de los soldados y finalmente penetró en la del joven que seguía quejumbroso en el suelo. Como un chorro de gélida agua, las sensaciones de dolor, tristeza y muerte que mortificaban al joven, invadieron ahora a cada uno de los soldados que quedaban.

-Sentid ahora lo que hace vuestro querido Imperio!!!-Gritó Sez desgarrando el aire.

El rostro de los soldados se contorsionó ante el tremendo torbellino de emociones que penetró en sus mentes, gritaron de terror y el pánico los devoró vivos. Soltaron sus armas y comenzaron a huir despavoridos, chocando los unos contra otros con el único objetivo de salir de allí.

-Idos!!!-Volvió a rugir Sez-Marchad al regazo del Rey!!! Pero ante lo que habéis sentido, reflexionad si lucháis en el bando acertado!!!

Los campesinos estallaron en vítores, con lagrimas en los ojos, y clavando una y otra vez sus horcas en el aire.

Sez miró a su alrededor y guardó su espada. Ahora que la batalla había terminado, captó con más claridad las mentes de los campesinos. Tímidos y miedosos hacia el, pero que le estarían eternamente agradecidos. Percibió también a aquel hombre fuerte de la horca que fue quien tiró de las riendas de los pueblerinos; poseía una mente carismática y firme, y Sez se dio cuenta de que su voz, era la del pueblo.

-Nuestro pueblo os estará eternamente agradecido-esas fueron las primeras palabras del campesino fortachón- Os envía el reino de la raza bella?-Preguntó.

A Sez la pregunta le provocó un atisbo de sonrisa.

-No-Respondió secamente.

-Sois un guerrero elfo itinerante...?

-No-Interrumpió esta vez.

Pero ante la impaciencia de los campesinos decidió explicarse.

-Ni sirvo a los elfos, ni soy uno de ellos...-Dijo.

Hubo un silencio sepulcral. Sez seguía con la capucha puesta. Si no fuese porque les había salvado la vida, ahora mismo nadie confiaría en el.

-Queréis algo de nosotros?-volvió a preguntar el campesino.

-Has sido nuestro salvador!-Gritó el joven de la espada que se arrodilló a sus pies- Por favor, ayúdanos a recuperar nuestro pueblo! ayúdanos a recuperar Ceunon!

-Éneir, silencio, déjame hablar a mi!!- Le gritó el grande.

-Levántate-Le ordenó Sez al joven.

-Que le ha ocurrido a vuestro pueblo?-preguntó.

-El Imperio ha descubierto que algunos ayudábamos a los vardenos... Nosotros hemos conseguido huir al bosque, otros no han tenido tanta suerte. Yazuac ha sido asediada.

-Ceunon sigue en pie?-Sonó la voz de Sez desde dentro de su capucha.

-Sí, nuestras casas y murallas son de dura piedra y no es tan fácil destruirlas, pero está ocupada por soldados del Imperio.

Sez dio unos pasos lentamente mientras pensaba.

-Os puedo ayudar a recuperar Ceunon.

Ahora los campesinos comenzaron a rumorear unos con otros.

-Creo que no es acertado confiar en alguien que no nos ha mostrado ni su rostro.

Algunos campesinos soltaron quejidos de indignación ante su líder por no aceptar al instante una oportunidad así.

Y Sez descubrió una nueva cualidad en aquel hombre que los dirigía, era inteligente.

-No-respondió Sez-no lo es.

Sombra se quitó la capucha.

Pero la reacción de los campesinos no fue la que esperaba. No se echaron hacia atrás ni se asustaron, simplemente se asombraron, quizás por su largo pelo rojizo.

-A que raza... pertenecéis-preguntó el campesino.

No conocían esos rasgos, algo que Sez utilizó a su favor.

-Juzgadme por mis actos, no por mi raza. Es lo que hacen los sabios- dijo dirigiéndose a todos.

El campesino miró hacia atrás y reconoció un brillo de esperanza en su gente ante la ayuda que les ofrecía aquel desconocido. Luego volvió a mirar hacia Sez.

Pero Sez decidió hablar ante tanta indecisión.

-No quiero nada de vosotros, esa es mi respuesta a tu anterior pregunta. Cual es tu nombre, guerrero?

El hombre se sintió halagado al ser llamado guerrero.

-No soy guerrero, soy campesino.

-Sois guerreros, todos lo sois, las circunstancias os obligan.

-Garrund.

-Bien, Garrund, mi nombre es Sez, Sez Snáider, y vengo a ayudaros. Quizás si luchamos juntos seamos capaces de echar a los soldados de vuestra ciudad.

-No es tan fácil. Las gruesas murallas de nuestra ciudad son impenetrables, y con los arqueros de su ejército apostados en ellas, son letales para nosotros. No tenemos sus armaduras ni sus escudos.

-Yo me encargaré de abrir las puertas-Los campesinos se asombraron aún más ante la valentía de Sez.

-Aún hay más-Añadió el campesino-A las tropas que retienen Ceunon los dirige un mago de la Mano Negra.

-La Mano Negra?-preguntó Sez.

-Es una organización de magos del Imperio, entrenados en magia secreta por el mismísimo Galbatorix.

¿Garrund quiso asustar a Sez? se preguntó el Sombra, y le respondió:

-También me ocuparé yo de el.

Y volvió el silencio.

-Si aceptáis mi ayuda, os la daré, sino, me marcharé...

-Está bien... Está bien... Lucharemos por recuperar Ceunon.

Y los campesinos estallaron en gritos de euforia

-Pero te digo dos cosas extraño guerrero-Le dijo Garrund más cerca y en voz baja, para que los cánticos de guerra del pueblo le solapasen-Si no sois digno de confianza o hacéis cualquier tipo de amago de traición, mi horca será la primera en atravesar tu gaznate.

"Tenía miedo, pero lo daría todo por su pueblo" pensó Sez al oír esa frase, y comprendió su comportamiento; ya que plantar a todo su ejercito rebelde delante de Ceunon era ponérselo en bandeja al Imperio.

-Y la segunda?-preguntó Sez con tranquilidad.

-Que si de verdad estáis en contra del Imperio, que si de verdad sois de los nuestros... Llevadnos a la victoria, por favor. No aguantaremos mucho más así..

Sez miró a todos los campesinos que se callaron al instante y lo observaron con incerteza.

-Coged las armas y armaduras de los soldados caídos-Dijo Sez.

Éiner fue el primero en obedecer a Sez con rapidez.

-Venga, á prisa!-Gritó Garrund ante la indecisión de su gente.

Sez rebuscó entre los cadáveres y cogió un casco que le gustó. Era Ligero, y quizás no detendría una espada blandida con fuerza, pero ocultaba bien el rostro. Sólo necesitaba un buen chorro de agua para quitarle ese olor a sangre.

Sez miró a la gente que estaba confiando en él casi ciegamente y les motivó:

-Hoy! Al alba! Recuperaremos lo que es vuestro!

casco en la tierra

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©C.P.L. Colabora: Diario dun piso de estudiantes