Hazaña III:
Los adentros de El Bosque Guardián
randes árboles de corteza paliduzca, pequeñas cascadas que morían en riachuelos, rayos de sol que se filtraban entre las hojas y los cantos de la naturaleza. Y un sinfín de vida que hablaba a la mente, pero no a los oídos. Paz. El Bosque Du Weldenvarden era un refugio de paz.
Sez se encontró muy a gusto en aquel lugar. Apoyó su espada en el tronco de un árbol, cerca de un pequeño lago que se formaba por la convergencia de varias cascadas. Colgó su capa y dio unos pasos por aquel lugar percibiendo todo lo que podía haber oculto por allí, más que nada por lo que le había dicho Garrund acerca de los elfos. Pero al no encontrar nada, se relajó.
Se desnudó y dejó sus ropas donde había dejado su capa y su espada. Poco a poco se introdujo en la fresca agua y se colocó bajo una de las cataratas. Como una densa lluvia, el agua le caía sobre los hombros relajando sus músculos. Y debido a aquel placentero y extasiante efecto que lo reconfortaba, también relajó su mente.
Se frotó para quitarse el sudor y la sangre de la batalla. Se lavó su cuerpo que tantas veces había analizado. Un cuerpo atlético, con los músculos marcados como si estuviesen esculpidos en roca, y con un color que denotaba que no le daba el sol muy a menudo. Tenía escaso bello; y, partes como el pecho o la espalda, estaban totalmente desprovistas de el. Se frotó la cara para arrancar el sudor, y notó los fuertes cañotes de barba que le crecían por el cuello. Y se estaba frotando un antebrazo cuando percibió algo muy interesante, algo que no había percibido antes. Se quedó petrificado unos instantes. Luego siguió frotándose el antebrazo como si no pasase nada, pero con la mirada atenta.
Una mente viva, tremendamente ágil y atenta, andaba cerca. "Un elfo, sin duda" pensó Sez. Esa mente era totalmente diferente a la de cualquier humano, incluso a la del mago. Era valiente, aunque algo imprudente. Y además de los rasgos comunes de una mente élfica, Sez también notó ciertos aspectos que no supo determinar con claridad. Juguetona, quizás. A Sez le gustó esa mente.
Sez salió del agua lentamente y, sobre la fina hierba, realizó algunas de las posiciones del Rimgar para entrar en calor y que su cuerpo se secase al sol. Y la mente seguía al acecho. "Por lo menos espera a que me vista", pensó Sez. Se acercó a sus pertenencias y comenzó a vestirse; primero se puso su pantalón. "Aunque no del todo". De entre las hojas saltó hacia él su enemigo elfo. Pero Sez reaccionó a la velocidad del rayo y antes de que una daga atravesara su pecho desnudo agarró las muñecas de su agresor, unas muñecas suaves y finas, pero fuertes; y se las apretó contra sus lumbares, dejándolo así inmovilizado. El rostro de Sez quedó a escasos centímetros de otro rostro. Pero no se trataba de un elfo. Sino de una elfa.
Unas facciones perfectas y unos ojos rasgados y brillantes fue lo primero que vio Sez. Su pelo, tímidamente ondulado le llegaba hasta la cintura. Sez notaba como acariciaba sus manos. Ambos estaban quietos, aguardando la reacción del otro. Sez la miró a los ojos y vio lo que esperaba; una mirada de odio.
-Que honor hay en atacar a un hombre a sus espaldas?-Preguntó Sez con tranquilidad y con una voz clara.
La elfa no respondió. Sólo se zarandeó para intentar soltarse.
-Gánga aptr.-Dijo la elfa y Sez sintió una fuerza que lo empujó hacia atrás. Aunque pudo aguantar y seguir sujetándola cedió y la dejó liberarse.
La elfa desenvainó su espada con agilidad y apuntó con ella a Sez amenazante.
-Tú no eres un hombre. No eres más que el recuerdo de espíritus malignos que vuelven a hacer el mal tras la muerte-Le dijo sin dejar de apuntarlo con la curva hoja de su espada.
Sez no dijo nada. Esa elfa reconoció al Sombra al instante, no como los campesinos. Los elfos, al igual que Sez, fueron educados e informados en su infancia. Incluso sabían usar la magia.
-No aprendiste de tus enseñanzas, que todo ser vivo merece ser juzgado de una forma justa?-Repuso Sez.
La elfa se extrañó.
-Los sombras no merecéis nada más que la muerte-Dijo la elfa y saltó hacia delante bajando su espada.
Pero Sez lo esquivó con agilidad saltando hacia un lado.
-En serio crees, que hay seres que no merecen nada más que la muerte, simplemente por el mero hecho de existir?
La elfa permaneció en silencio y dio unos pasos hacia Sez con su espada en alto. Ahora sí que aquella mujer estaba tremendamente sorprendida por la sabiduría del Sombra.
-No lucharé contigo. Vengo cansado de una batalla, para lo único que he venido aquí es para descansar.-Dijo Sez.
-Pues entonces acércate para que pueda darte el descanso eterno y para librar al mundo de tu mal.
-No-contestó Sez- Yo no creo que someta al mundo a ningún mal. En que te basas para decir eso?
-Pensáis para adentro, no para afuera como los elfos. Todos los Sombras difundís el mal...
-Y todos los elfos saben tirar con arco, de ahí su fama de maestros arqueros-interrumpió Sez.
-Que?-Preguntó confusa la elfa, enfadándose cada vez más.
La elfa tensó las mandíbulas y miró a Sez, a aquel Sombra cuya mente era hábil, intrépida e inteligente.
Sez también la miró y esta vez sonrió, algo que enfadó todavía más a su contrincante.
-Cual es el motivo de que no sepas manejar el arco, arma élfica por excelencia?
-Cállate, Sombra!-gritó la elfa.
-O quizá es que no quieras?
-Cuando menos te lo esperes, una de mis flechas atravesará tu corazón!-volvió a gritar enfurecida.
-Y por que no lo ha hecho antes, mientras estaba en el agua?
La elfa volvió a callar. El Sombra tenía razón. La elfa respiró hondo. Como puede hacerle perder los nervios de semejante manera? se preguntó. Debía tranquilizarse, el temple era una de las muchas virtudes de los elfos.
-Y además me baso en que has asesinado a un Jinete de dragón- dijo la elfa esta vez con calma.-O crees que no he visto tu espada?
-Y que te hace pensar que simplemente no desvalijé su cadáver? O que quizás perteneciera a un apóstata?
-Lo que sí sé con seguridad es que esa espada no debe estar en tus manos. Jamás había visto semejante blasfemia.
Esta vez sí que Sez se había quedado sin palabras, y no quería revelar los orígenes de su espada. Pero siempre había una pregunta válida, "por que".
-Por qué no la puedo poseer?-Preguntó Sez.
-Porque ensucias su filo -dijo la elfa con dureza- y la memoria del Jinete al que perteneció.
-Más de lo que un apóstata ensucia su propia espada?
La elfa miró al cielo con una expresión triste en su cara, apenada por recordar todo cuanto estaba sucediendo en Alagaësia en ese momento..
-No. Más que un apóstata, no...- Miró hacia el suelo y luego clavó sus ojos en Sez.
-Creo que compartimos algunas preocupaciones...-dijo Sez en voz baja.
-Se acabó la charla. Y empuña tu espada si así lo deseas!-gritó.
-Ya te dije que vengo de una batalla, y que quiero descansar.
-No permitiré que un Sombra entre en territorio elfo y escape, mientras siga viva...
-Territorio elfo? El bosque, territorio elfo, dices?-Dijo Sez indignado.
La elfa frunció el entrecejo.
-Estos grandes árboles,- dijo Sez enfadado, señalando con los brazos- estos ríos por los que fluye clara agua, estas duras rocas, tienen un único dueño! La tierra! La tierra en la que las raíces se agarran, las rocas están incrustadas o sobre la que los ríos fluyen. La tierra, pero nadie más! Ni los enanos son dueños de las montañas, ni los hombres de las llanuras, ni los elfos de los bosques.
Hubo un largo silencio. La elfa lo miró fijamente otra vez, nunca había visto un ser igual. Con aspecto de Sombra, sin duda, pero que le transmitía tantas emociones y sentimientos humanos o élficos, y con una mente tan dotada y equilibrada como la de un Jinete.
La elfa se lanzó contra el con la espada en alto, aunque ahora con cierta inseguridad e indecisión.
-Testaruda como un enano!-Dijo Sez mientras aguardaba el ataque de su enemiga-Quizás sea divertido!-volvió a decir sonriendo.
Sez fue más rápido y la agarró con habilidad por la empuñadura de la espada de la elfa, pronunció unas palabras inaudibles y se desprendió de ella para agarrar su espada dorada con agilidad.
Y comenzaron una serie de golpes rápidos y sutiles. No sabía manejar el arco, pero manejaba la espada con una destreza increíble. Sez lo admiró.
-Aún no me has dicho por que no sabes tirar con el arco?
-Todos los elfos saben usarlo, que mas da que haya uno que no sepa hacerlo.
La elfa esta vez contestó de buenos modos, parecía que al estar luchando con el Sombra ya se sentía complacida.
-Te gusta ser diferente...-le dijo Sez tras bloquearle un rápido golpe.
Acto seguido el Sombra realizó una compleja serie de golpes, satisfecho. A la elfa le costó esquivarlos y tras hacerlo con el último, perdió de vista a su oponente.
-No somos tan distintos...-le susurraron al oído.
-Aléjate!-dijo la elfa blandiendo su espada con fuerza.
-Cual es tu nombre?-Le preguntó Sez con descaro, mientras seguía esquivando golpes.
-Nunca lo sabrás!- gritó hecha una furia.
La elfa empezó una serie de golpes fuertes y rápidos, que Sez esquivó con dificultad, y el último se blandió con fuerza sobre su hombro tenso. La elfa se asombró, como si pensase que el Sombra esquivaría todos sus golpes o como si no hubiese querido dañarlo. Sez se balanceó hacia atrás pero no mostraba herida física alguna. La elfa lo miró asombrado, y luego la hoja de su espada.
-Letta!- dijo Sez, y la elfa cayó inmovilizada-He desafilado la hoja de tu espada.- añadió esbozando una pequeña sonrisa ante la incomprensión de la elfa.
Guardó su espada y fue a recoger sus cosas.
-Suéltame!-grito la elfa.
Pronunció algunas palabras en idioma antiguo pero no fue capaz de librarse de aquella magia.
En ese momento Sez notó como otra mente se acercaba, era la de un animal, un caballo. Aunque tenía la mente demasiado brava y salvaje para tratarse de un caballo élfico.
-Es tuyo ese caballo?-Dijo unos segundos antes de que un caballo de pelo alborotado y brillante llegara allí.
La elfa no respondió. Sez supo que estaba hablando mentalmente con el caballo, que había venido por el retraso de su ama.
No, aguarda! -le dijo Sombra mentalmente, en idioma antiguo, antes de que se marchara a trote-Te pido que me escuches antes de hacer nada.
El caballo aguardó desconfiado pero paciente. Era un semental espléndido, con la elegancia de un caballo de guerra.
Mi nombre es Sez Snáider, y no pretendo ningún mal para los elfos ni para ninguno de los pueblos libres.
El caballo sabía que era imposible mentir en aquel idioma.
Ni pretendo ningún mal para esta joven elfa. Tengo un largo camino por delante, y necesito ayuda, te dignas a acompañarme?
El caballo se quedó quieto, entre confuso y pensativo, pero sin menguar sus aires fanfarrones.
Volveremos al Bosque y volverás a estar con los tuyos. -Añadió.
El caballo dio unos pasos hacia la elfa y se quedó a su lado.
Estoy seguro-volvió a decir Sombra- que yo te necesito más que ella.
Y conmigo lucharás contra todo aquello que está intentando destruir lo que amas.
El caballo bajó la cabeza y le rozó con el morro la suave mejilla de la elfa que seguía concentrada. Luego se acercó hacia Sez hinchando más que nunca el pecho, sus ansias de lucha y viaje eran fuertes, y no quería rechazar aquella oportunidad. Aunque no estaba del todo convencido.
Si en algún momento deseas abandonarme, podrás hacerlo. Y no sólo no soltaré a tu ama cuando partamos, sino que también la protegeré cuando sea oportuno, si así te sientes más tranquilo.
El caballo esta vez sí que cedió.
Se agachó para que Sombra pudiese montar en su silla hecha de cuero élfico.
-Márchate! No escuches a ese Sombra!-le gritó la elfa- Que le has dicho, embaucador!
-Como se llama tu corcel?-Le preguntó Sez.
-No escuches sus sucias mentiras y trampas!-Y pegó un gritó capaz de llamar la atención de todo el Bosque.
-Andulil! [Silencio]-dijo Sez, y la elfa se calló como si le hubiesen tapado la boca con la mano.
Y entonces Sez le habló en idioma antiguo.
-Basta, querida. No le he dicho ninguna mentira a tu caballo ni nada que no vaya a cumplir. Te lo devolveré pronto. Y ahora debo marcharme, se acerca más gente.
Se acercó a ella montado en su corcel y este le lamió la mejilla.
-Si no me quieres decir como se llama tu caballo entonces... lo llamaré Furia, Furia del Bosque... en honor a ti.
Furia se elevó en sus dos patas traseras y pegó un potente relincho.
-No es lo normal decirse los nombres al final de la conversación, pero ya hemos dicho que nos gusta ser diferentes... El mío es Sez, Sez Snáider...Sigues sin querer decirme el tuyo?-Preguntó otra vez mientras giraba para marchar.
A la elfa le bastó la mirada para contestar. Pero entonces sonaron unos gritos de llamada.
-Syrianna!
-Umm... Syrianna-replicó Sez sonriendo, y la miró con sus ojos penetrantes transmitiéndole unas sensaciones que nunca nadie había hecho llegar a aquella elfa- Y aprende a usar el arco, quizás el arma sea la misma, pero no la forma de manejarla; ya que lo que diferencia de verdad a las personas, es la manera de pensar...
Syrianna dejó de mirarlo y se retorció, tanto para intentar soltarse de la magia como de las sensaciones que la invadían, y mientras tanto escuchó los cascos de su caballo batiendo contra la tierra.
-Syrianna!-Escuchó la voz de su compañero a unos metros. Entonces comprobó que estaba totalmente libre, que podía hablar y moverse y que no había rastro del Sombra ni de su caballo por ningún lado.
-Syrianna, los campesinos han recuperado Ceunon! ya no se encuentran en el Bosque!... Que te ha pasado?!-gritó un elfo de pelo oscuro.
-...Han vencido al mago?-Dijo Syrianna lentamente, intentando asimilar todo lo que le había ocurrido.
-Así es! No tengo ni idea de como lo han hecho, pero lo han conseguido!-Dijo el elfo sorprendido.
-No es posible...
Syrianna no dijo nada más, se quedó pensativa y confusa, y recordó las palabras de aquel Sombra que decía venir de una batalla. Y entonces le vino una pregunta a la cabeza: Aquella espada dorada, habría pertenecido a un Jinete, o a un Apóstata? Y quien era realmente aquel ser, que ahora la empuñaba?
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©C.P.L. Colabora: Diario dun piso de estudiantes