Sombra de un Jinete

Hazaña V:

Du Fells Nángoröth

Una playa sin mar, infinita. Un calor sofocante durante el día, y un frío seco por la noche. Sez apretó una odre de piel de nagra y la fresca agua fluyó por su garganta. Luego, le echó un buen chorro sobre el morro de Furia del Bosque para refrescar al caballo. Y al fín, el sol poniente que impartía luz a sus espaldas iluminó las perfectas rocas esculpidas con soberana precisión y hermosura por el viento. Habían llegado a Du Fells Nángoröth, las grandes piedras que marcaban el centro del desierto del Hadarac.

Su padre le había hablado mucho de ellas. Los dragones las empleaban como lugar de cortejo para su raza. Muchos de los dragones de los Jinetes volaban a este lugar para intentar cortejar a un congénere salvaje, algo que se veía muy prestigioso.

Furia aminoró el paso y contempló, al igual que Sez, aquella maravillosa construcción de la naturaleza. La luz le daba unos brillos escintileantes a la roca, y mostraba las entradas de la multitud de cavernas. Sez se paseó alrededor de ella durante bastante tiempo, para quedarse con todo detalle.

Descabalgó de Furia del bosque sin dejar de mirar aquellas rocas.
-Aguárdame aquí, volveré pronto.-le dijo a Furia del bosque.
Miró hacia una roca pequeña y susurro:"moi stentr"
La piedra rojiza cambió y como si empujasen su centro hacia abajo tomó forma de cuenco. Sez virtió en ella agua de la cantimplora para Furia del bosque, que comenzó a beber de inmediato. Pero sombra siguió mirando aquellas gigantescas rocas, presentía algo extraño. A pesar de esa sensación, se aventuró a ellas.

La arena seguía siendo suave y fina a su alrededor, sus botas se hundían en ella al igual que antes. Su interior era como un laberinto de altas paredes, a cuyos caminos les costaba llegar la luz. Las sinuosas formas de la roca y sus perforaciones creaban sombras fastasmagóricas y a la vez hermosas. Las historias contaban que aquel lugar era propio para los sentimientos y la pasión, y Sez comprobó que era así.

De repente Sez escuchó algo, como si se arrastrase arena. Aquel lugar estaba lleno de sensaciones y sentimientos, por eso no resultaba fácil percibir otras cosas, era como si aquel lugar aislase la mente del resto, para tener toda la intimidad del mundo y para prestar dedidación absoluta al cortejo. Volvió a oir ruídos, y luego un suave silbido que no supo discernir si estaba en su mente o en sus oídos. Sez caminó cerca de las paredes, para que su vieja amiga la oscuridad de las sombras lo ayudase y protegiese. Oyó otra vez arena arrastrase, y el silbido se hizo más agudo y potente. Siguió caminando practicamente sin rumbo, sin saber donde encontraría lo que buscaba, ni si lo encontraría realmente.

Sombra miró a sus alrededores, pero los caminos estaban desiertos. No estaba cómodo en aquella situación, aquel paraje no dejaba a su mente controlar la situación como en otras ocasiones. El silbido cambió de repente y Sez se sobresaltó. Acto seguido cesó, y la arena se quedó inmóbil dando paso a un silencio inquietante.

La mente de Sez le avisó justo a tiempo para saltar y esquivar unas mandíbulas más potentes que las de un dragón.

Sez miró desde una roca y vio una gigantesca serpiente de las arenas, desplazándose con velocidad ondulando su cuerpo. Giró con facilidad y su triangular cabeza arremetió otra vez contra el Sombra. Sez la esquivó con agilidad y saltó sobre su grupa para corretear sobre su espalda. Ayudándose con su agilidad, saltó sobre unas altas rocas y se puso en pie con decisión.
-Thornessa!-gritó con voz potente.
Serpiente!
Y continuó hablando en idioma antiguo.
-No vengo...-Pero justo en ese momento tuvo que esquivar otra gran serpiente que pretendía destrozarlo con sus dientes.
E incorporándose en la arena, vio como más serpientes se dirigían hacía el. Eran demasiadas, corrió para huir de ellas. Otras fauces intentaron devorarlo saliendo desde una gruta. Salían de todos los caminos, se movían con agilidad y determinación dispuestas a acabar con Sez con el minimo esfuerzo. Sez se dio cuenta de que las serpientes de las arenas se habían adueñado de aquel lugar desde que los dragones ya no aparecían por allí. No eran más que bestias enfadadas dispuestas a aniquilar a ese invasor que las molestaba en su morada.

Una de ellas consiguió embestir a Sez con su cuerpo escamoso, pero éste se apoyó en la roca y saltó con fuerza. Varias mandíbulas saltaron a los aires para apresarlo, pero no lo consiguieron. Las esquivó con agilidad, pero al caer no tuvo tiempo de evitar quedar a merced de una de ellas, grande y de escamas gruesas. La serpiente lo enredó con su cuerpo mientras las demás observaban espectantes y chasqueando sus mandíbulas. El fuerte cuerpo de la serpiente de las arenas atrapó a Sez, apretó sus huesos y sus pulmones. Sez apenas podía respirar. Las serpientes miraban ansiosas a su víctima. En un pequeño aliento consiguió articular unas palabras y la última la pronunció con fuerza para que el hechizo tuviera efecto.

Una potente descarga de energía atrapó al enorme reptil, que tembló, con los músculos inutilizados. Sez quedó libre y hundió sus rodillas sobre la arena, exhausto por el esfuerzo, mientras la serpiente aflojaba el nudo mortal y se retorcía entre rugidos. Su gran y escamosa cabeza apuntó a Sez con odio, oscilante, debilitada por el ataque. Sus ojos rojizos se clavaron en los de Sez y éste supo que debía escapar. Sorteando a la velocidad del rayo decenas de cabezas y centenares de dientes intentó salir de aquella orgía de reptiles biperinos. Y trepó por la roca, agarrándose donde podía, para salir del alcance de las serpientes. Oía como las mandíbulas se cerraban con fuerza a sus espaldas, e hizo un último esfuerzo por dirigirse a una cima alta que lo pondría a salvo.

Alcanzó la cornisa y se impulsó con fuerza para caer de pie sobre la roca. Miró hacia abajo y vio a sus atacantes allí en las profundidades, impotentes. Algunas intentaban trepar hasta el, pero su cuerpo desprovisto de extremidades no se lo permitía. Arqueó las cejas y resopló de alivio. Se giró y se sobresaltó al ver la gran gruta que se abría en la piedra delante suya. Entró en ella.

A pesar de ser una cueva, había una tenue luz provocada por las piedras preciosas que había incrustadas en la roca. Caminó por ondulantes caminos hasta llegar a una parte muy alta y amplia, que daba al exterior y recibía la luz del atardecer. A aquel lugar no llegaban las tormentas de arena, ni las serpientes, ni seguramente nada aparte de los dragones. Sez pensó que había pasado mucho tiempo desde que alguien, Jinete, dragón, humano o elfo, había estado allí. Caminó despacio por aquel lugar. Allí las sensaciones eran más intensas. Borrosas imágenes y sentimientos venían a su mente.

Se agachó para examinar algo que había visto. Sopló y la arena dejó de ocultarlo. Era una escama de dragón. Triangular, brillante y de un color esmeralda brillante. La agarro, y tan pronto lo hizo una marea de recuerdos invadieron a Sez. Como si fuese los ojos de aquel dragón de antaño, surcó los aires viendo como se agitaban sus fuertes alas verdes, vio a su Jinete, vio las grandes torres de Duru Areaba, vio a muchos otros Jinetes, vio paisajes que jamás había visto, vio magia poderosa, seres increíbles y sucesos inolvidables. Guardó la escama en una bolsa de cuero que llevaba a la espalda y siguió buscando. A pesar de que vio el rostro del Jinete no supo quien era. Su padre le había hablado mucho de ellos; sobre todo de Vrael, un buen amigo suyo con el que le gustaba compartir largos viajes sobre sus dragones.

Encontró otra escama, esta vez rojiza, y sintió también sus recuerdos, y luego otra plateada, y otra azul como el zafiro. Pero no solo sintió recuerdos buenos, sino también guerras y destrucción. Luego, ilusionado, encontró una escama dorada, pero no vio lo que quería ver, así que la guardo casi de inmediato. Y así con otras dos, hasta que encontró una escama semiescondida de un dorado brillante. La sintió con fuerza, sintió esos recuerdos con mucha más intensidad que los demás.

Y por primera vez desde que era Sombra, perdió su autoridad y su decisión para sentarse a escuchar y observar, en silencio, como cuando era un niño.

La figura de su padre, con sus antiguas vestimentas y su viejo cinturón, blandiendo esa espada que ahora llevaba Sez atada, apareció en aquellos recuerdos. Estuvo horas y horas, con los ojos abiertos como platos y mirando al vacío. Vio a otro Jinete que aparecía repetidamente en los recuerdos, el cual dedujo que era Vrael, incluso vio también a jóvenes Jinetes adiestrándose y tambien vio algo que hizo que sus ojos se entrecerrasen. A Galbatorix entre los Jinetes, como uno más, y los Jinetes trataban con el sin esperar lo que llegaría a hacer. Vio también ciudades enanas y los bosques de los elfos. Otra vez aparecieron las torres de Duru Areaba y sus fortalezas. Y vio a los fuertes dragones con sus armaduras ir a la guera y huestes de úrgalos enfrentarse a tropas de hombres y enanos. Llegó a ver la desgracia de la muerte, y la felicidad de la vida, enseñanzas olvidadas y personajes merecedores de grandes estatuas de piedra.

Cuando se dio cuenta, ya era de noche, había perdido la noción del tiempo por completo. Debía marcharse. Guardó la escama y volvió a la realidad. Cogió algunas escamas más, sin apenas fijarse en los recuerdos que proyectaban y las guardó hasta tener suficientes. Miró al interior de la bolsa, y ponderando una cantidad por su peso la cerró con varios nudos y se la colgó de nuevo a la espalda. Se coló por serpenteantes caminos y dio con una salida, pero no sabía hacia donde daba. Miró a las estrellas, su padre le había enseñado a orientarse por ellas. Reconoció varias constelaciones y unos astros claves para determinar los puntos cardinales. Una vez orientado se dispuso a llegar hasta Furia del Bosque. Pero, poco a poco, una figura oscura fue apareciendo delante de él, surgiendo de las arenas y alzándose sobre la cornisa en la que estaba Sez.Se había olvidado por completo de las serpientes de las arenas.

Las arenosas escamas de la bestia brillaron a la luz de la luna. Y sus ojos refulgieron bajo aquellas cejas espinosas entre las que caían hilos de arena. Sez se detuvo pero no se dejó intimidar.
-Déjame paso!-Dijo con firmeza en idioma antiguo.
La serpiente se dispuso a embestir ignorando sus palabras pero rectificó.
-No lo pido yo- Y Sez envió todos esos recuerdos de los imponentes y fuertes dragones, antiguos propietarios de aquel edén.- Lo ordenan los dragones!-rugió.
-Nadie os ha echado por adueñaros de este lugar, pero recordad que no es vuestro! Este es un antiguo santuario donde reposan recuerdos y sentimientos!
-Déjame pasar, apártate y deja que me vaya.
Pero la serpiente permaneció inmóbil.
-Déjame marchar!-Gritó en la noche a la vez que notó como el recuerdo del dragón de su padre rugía ferozmente en ambas mentes.

La serpiente ahora sí recapacitó, y retrocedió mansa como una víbora de campo.

Sez miró hacia ella con las mandíbulas tensas, viendo como se alejaba. Saltó y caminó por la arena hacia Furia del Bosque. Noto la presencia de más serpientes, pero ni miró hacia ellas. Simplemente, lanzó recuerdos que volaban como dragones y las abatían como auténticas flechas. Por suerte Furia del Bosque estaba apartado y las serpientes no se percataron de su presencia. Llegó a su lado y lo acarició en el pelaje salvaje.

-Estoy harto de tanta arena-Dijo Sez sin dejar de acariciar a Furia del Bosque.
El caballo relinchó con energía, como si su amo le diese vitalidad.
-Vayamos a las Montañas, hogar de los knurlas!


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©C.P.L. Colabora: Diario dun piso de estudiantes